
El vértigo y la excitación que acompañan a la creación y sus riesgos deben de estar especialmente presentes estos días en Miquel Barceló. Penden sobre su cabeza desde la inmensa cúpula de 1.500 metros cuadrados, aún en blanco, del palacio de las Naciones Unidas de Ginebra. El pintor se enfrenta al reto del lienzo en blanco. Debe transformarlo en un barceló. Una obra mayúscula
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