domingo, julio 01, 2007

Mierda de Artista¡¡¡¡


Duchamp y Manzoni tuvieron la culpa. Para ser más exactos, la telaraña de cuestionamientos que planteó Duchamp y el traje nuevo del emperador que cosió Manzoni.

Señores, los culpables de gran parte de este embrollo intelectual en el que está sumergido hasta los ojos el arte de hoy tienen nombres y apellidos. Esta pesadilla conceptual contemporánea está urgida con los planteamientos inteligentes de estos dos artistas y con la torpeza, interesada, de sus intérpretes. Que el arte se haya convertido en algo críptico, casi indescifrable, es peligroso. Hemos caído en la dictadura del todovale, el sistema de valores menos democrático y más cercano al nihilismo creativo.

Hay muchos artistas, o teóricos-artistas, que disfrutan cuestionando la esencia de las cosas. Eso es genial, se abren nuevas sendas que acaban descubriendo continentes, terrenos inhóspitos que se van arando y donde acaban naciendo semillas grandiosas. También puede ser que esas clarividencias que se abren dejan en evidencia ridiculeces mayúsculas que nadie antes se había atrevido a denunciar.
Esta es una de las misiones del arte, luchar contra las realidades establecidas, pero en el momento en el que se pierde la perspectiva, se cae en unos desvaríos desafortunados donde los artistas menos duchos acaban dando tumbos sin ton ni son.

Dos de los momentos en el que el arte del siglo XX se cuestiona a si mismo están protagonizados por Duchamp y Manzoni. Dos situaciones mal resueltas que acaban atropellando a los artistas que las plantearon para convertirse en emblemas de un nuevo mundo del arte. Dos ensoñaciones de duermevela que han acabado siendo pesadillas eternizadas, callejones sin salida donde cabe hasta la última tontería que se le ocurre al último iluminado de turno. Seamos serios, porque al final, este crucero de lujo repleto de ignorantes, frívolos y mercaderes acabará encallando la expresión contemporánea en una ciénaga pantanosa. Siguiendo estos vientos no se llega a ningún sitio. O se construyen unos cimientos sólidos, o el edificio se caerá aplastando debajo a todos los que sustentan este castillo de naipes.

Una de las obras más famosas de Marcel Duchamp es un urinario vulgar y corriente que con el nombre de Fuente presentó en 1917 en la exposición de la nueva Society for Independent Artists de Nueva York. Duchamp fue uno de los miembros fundadores de esa sociedad, pero algo no le gustó de la organización y decidió presentar esta obra con el seudónimo de R. Mutt.

Aquél gesto fue una traición demasiado cruel. El arte emergente, el arte que intentaba trepar saliendo de los academicismos, quedó en evidencia ante sí mismo. Para Duchamp fue sólo un divertimento. Contemplaba callado y entretenido las propuestas del comité de selección del que él mismo formaba parte. Al final, después de una intensa discusión, entre medrosos y descolocados, los miembros del jurado no se atrevieron a exponer la obra. Fue un juego, un intento de reírse de esos sesudos intelectuales que discutían horas y horas sobre la esencia de lo artístico. Fue un trabalenguas que nadie supo pronunciar en aquél momento y que acabó convirtiéndose en un himno. Esa no era la intención de Duchamp, se quiso reír del arte con sus propias armas y acabaron vistiendo su discurso revolucionario de esmoquin. Qué desastre, que perdición más torturadora debe ser para un símbolo iconoclasta acabar momificado y reverenciado.

1961.

Piero Manzoni ha sido el único alquimista de la historia. Sin engaño, logró transmutar una materia tan despreciable como la mierda en oro puro. Se enfrentó al arte para derrotar sus abusos y acabó entronado por su desvergüenza.
Sumido en una espiral intensa de acciones y obras etéreas, acabo envasando sus propias defecaciones en una lata de 30 gramos que vendía por el precio equivalente de su peso en oro. Qué modo más certero de carcajearse de las especulaciones mercantiles, igualar la materia más ruin con la más valorada por la mágica varita de un artista, transmutar el sentido de las cosas ridiculizando al arte y a su industria comercial.

Mierda de artista, rezaba en tres idiomas la cuidada etiqueta de la lata recurriendo al código natural de cualquier producto envasado (ríanse de las latitas de sopas Campbell de Andy Warhol). La presentación toma más protagonismo que la propia obra, aquí lo realmente importante es la lata, porque los excrementos ni se ven, ni son agradables de ver. El continente por el contenido, la cáscara por el fruto. Pura esencia del arte del siglo XXI.

Esta fue la más extrema transgresión vanguardista del momento, el paroxismo de la exaltación artística, de la reverencia absurda por todo aquello que hicieran los artistas.

El gesto de Manzoni tiene muchas interpretaciones, la más anecdótica -la más fácil, la más tonta-, es la que ha perdurado para descrédito de la creación artística. La esencia del artista que se rebela contra un negocio que le es ajeno, la lectura profunda del intelectual que cose un traje invisible para el emperador, ésa, se ha perdido entre bambalinas. Manzoni quería evidenciar la desfachatez del mercado, denunciar las posturas tontas de los nuevos ricos arrimados al resplandor pecuniario del arte y consiguió girar la tuerca hasta casi destrozar el tornillo.


Sema D´Acosta, 2006. publicado en la fresa

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